Los campos de maíz

Me llamo Isabel, tengo treinta años y en esta mañana he perdido dos trenes. Ni siquiera estoy enfadada, quizás un poco, porque en el autobús me marea ir leyendo y la novela me había enganchado. Me consuelo pensando que veré los campos de maíz. Mirar por la ventanilla del tren también me marea. Ahora mismo espero en la estación, en el andén, huele a gasolina. Es abril y las tardes se alargan. A veces la luz no quiere irse y se hace de noche demasiado tarde. No me gusta esta ciudad. Después de tres años no he conseguido hacer amigos y los que tenía en mi pueblo se han ido a lugares de nombres exóticos; los que quedan apenas me llaman, sólo en fiestas, pero por puro compromiso. A veces tomo café con las chicas del trabajo. No me interesa nada de lo que me cuentan, pero creo que me tienen aprecio y soy agradecida. Son dos y están siempre a punto de casarse. Yo soy guía turística. Enseño un museo catedralicio lleno de crucifijos, dalmáticas y pintura del xv. También hay una infanta incorrupta. No me conviene este trabajo; la humedad de la piedra me tiene en un resfriado perpetuo, pero es tranquilo, sin incidentes y a estas alturas de mi vida pienso que ya no sé hacer ninguna otra cosa.

Te cuento todo esto como si pudieras escucharme. Hay quien pensará que estoy hablando sola. Ya me fijé en ti cuando comprabas el billete; bueno, me fijé en tu nuca. Estabas delante de mi en la cola. Debes haber estado tomando el sol. Eres alto y me gustó tu espalda. Me miraste un poco cuando bajamos las escaleras mecánicas. Te calculo veintidós años. Yo tengo treinta pero puedo pasar por una chica de veinticinco con vaqueros y si no me maquillo. Con el uniforme del trabajo no tengo edad. Ahora estás sentado encima de tu maleta y juegas con las pulseras de cuentas que llevas en la muñeca. Tienes el cuerpo lleno de abalorios. Te has tatuado algo que no consigo identificar en el tobillo. Me encantaría que fuera una rosa de los vientos. Tienes las piernas delgadas y rubias. Eres castaño. No puedo dejar de mirarte.

Me subo la segunda en el autobús. Ayudo a una vieja a encontrar el número nueve. Yo tengo el veinticuatro. Como me pasan muchas cosas curiosas sé que vas a estar sentado a mi lado. Cuando me acomodo en el asiento miro por el cristal y tú sigues en el andén como si nada, encima de tu maleta, y pienso con alarma que lo mismo no vas en el mismo autobús que yo. Intento tranquilizarme y cierro los ojos.

Cuando los vuelvo a abrir ya avanzas por el pasillo y vas mirando los números de los asientos. Eres miope porque achinas los ojos intentando identificarlos. Con la mochila tan grande que llevas en la espalda apenas cabes en el hueco entre los asientos y los pasajeros protestan. Tú me sonríes porque te estoy mirando con complicidad. Te pones a mi altura y me preguntas si es el número veintitrés. Estaba segura de que te había tocado a mi lado. Me dices que vienes deslumbrado del sol. Colocas la mochila en la bandeja de arriba y antes de sentarte vuelves a sonreír. Yo hubiera querido sonreírte de verdad, pero apenas logro un esbozo; es por la tensión. Tú te sientas y suspiras como si hubieras hecho un gran esfuerzo. Saludas a alguien que está en el andén y que ha venido corriendo desde las escaleras mecánicas. Lo esperabas, por eso te montaste en el último momento. Debe de ser un amigo. Él te hace un gesto tocándose el codo. Yo no sé que significa pero para ti debe de ser algo porque sueltas una carcajada.

—Qué cabrón —dices. Le devuelves el mismo gesto.

Desde que arranca el autobús cierras los ojos y no los vuelves a abrir hasta una hora y veinte minutos más tarde.

Yo estoy contemplándote a mi gusto. He llegado a la conclusión que nada me gusta más en el mundo que mirarte. Respiras pausadamente y tus párpados caen espesos. Tu respiración dilata la nariz delgada y tierna. La boca es pequeñita, de labios finos, de dibujada curva, labios rosados y sobresalientes. Luego miro tus piernas; llevas un pantalón corto y puedo ver que aunque eres delgado tus músculos son firmes, el gemelo casi poderoso. Estás muy moreno, aunque tus vellos se han puesto rubios, de darles el sol. Las manos descansan sobre el regazo. No debes trabajar con ellas, son delicadas. Luego me fijo en tus orejas, terminan en punta y son especialmente bajas, como si salieran de la nuca. Hueles extraño, como a higuera brava. Debe ser la mezcla de una antigua colonia y un sudor más reciente. Estás ahora completamente dormido. De tu garganta sale un ruido suavito. Quiero abrazarte, apoyarme contra ti, hacer algo. Miro por la ventana pero el paisaje no me dice nada y me desconsuelo. Sólo son extensos campos verdes de cereal. Las panochas de maíz me gustan. Tienen algo de salvaje. Estoy nerviosa. Me revuelvo en el asiento con la esperanza de despertarte. Casi lo consigo. Al menos cambias de postura y te vuelves más hacia mí. Tu proximidad me gusta. No me muevo. Respiras junto a mi nuca. Cuando sueltas el aire puedo sentirlo en el cuello. Con la yema de los dedos casi tocas mi brazo. Yo invento lo hermoso que sería dormirme también a tu lado, dormir acompasadamente y cierro los ojos hasta dejarme llevar por la molicie. Se está haciendo de noche y aún nos quedan dos horas de camino.

Pasan los campos y luego la oscuridad nos va cubriendo. Se apaga el exterior y en las lunas del espejo puedo vernos reflejados.

Tú te bajas mucho antes. Cuando está próxima tu parada te despiertas como si algo te alarmara, la posibilidad de pasarte de estación. Bostezas con ruido.

—Perdón —dices.

Te desperezas como un gato y miras el reloj. Se ha hecho completamente de noche y en el autobús han encendido una luz muy tenue que nos vuelve a todos de ceniza. Te tocas el anillo de la ceja y me miras de reojo. Yo sigo haciéndome la dormida. Llegamos al pueblo donde vives o donde vas a pararte. Coges tu mochila, me miras por última vez.

—Adiós —te despides.

Nadie te espera. Antes de que arranque el autobús te veo subir una calle con paso cansado. En poco segundos ya te he perdido.

Debe haber pasado un buen rato, pero no tengo interés por la hora. He llegado a mi pueblo, donde nací y donde vuelvo cada viernes a pesar de las cinco horas de camino. Aunque te bajaste yo seguí contándote mi vida, ya con indolencia absoluta, sin pudor. Te he confesado que duermo desnuda a pesar del frío porque me encanta sentir sobre el cuerpo el peso absoluto de las mantas. Te he confesado que me gustas un montón, que eres un poco joven para mí pero que quiero que me beses y que me toques, que podríamos buscar acomodo en los asientos de atrás que van vacíos o quizá bajarnos y perdernos por algún campo de maíz.

Estoy bajándome. Tengo poco equipaje. Este fin de semana no pienso salir de casa. Busco una bolsa que puse en la bandeja de arriba. No la encuentro y tengo que estirarme y hasta apoyar una rodilla en el reposabrazos para hacerme más alta. Se ha debido desplazar hacia atrás con el movimiento. Encuentro mi bolsa y cuando tiro de ella arrastro un objeto pequeño que se cae encima del asiento. Es un móvil, tu móvil, debe ser tu móvil. Puedo volver a verte, no he perdido el contacto contigo. Realmente me pasan cosas increíbles.

Para llegar a mi casa hay que subir una cuesta arrastrando mi equipaje. Voy imaginando el momento en que nos encontremos para devolverte este cacharro, cómo habrás de agradecérmelo, cómo me mirarán tus ojos de almendra, cómo se rozarán las manos. No me importa llevártelo yo misma. Será entonces, con esa llamada, cuando sabré tu nombre. Realmente me pasan cosas increíbles.

En mi casa la cena siempre es la misma. Mi madre compra bacalao y yo ya no tengo ganas de decirle que siempre no me apetece lo mismo. Mi padre se acostó hace rato. Espera para verme; no me pregunta nada, yo tampoco le pregunto por qué está cada vez más delgado y me temo lo peor. Me consuela pensar que ya no tengo la rutina de vivir con ellos y que cuando se mueran sólo los echaré la mitad de menos. La orfandad incluso me seduce. Me volvería diferente, como una etiqueta de desgracia social que no tengo pero que siento realmente. No soy hija única pero mi hermano se fue tan lejos y hace tanto tiempo que apenas existe ya. A veces lo veo en una foto por el cuadrado de la cama, pero no es él, no es nadie. Tampoco conozco a mis sobrinos. De mi cuñada sólo sé que se llama Adorada.

—Seguro que no comes bien y que no te has comprado el edredón de plumas —me reprocha mi madre.

—Sí, lo compré el otro día, pero no lo aguanto, prefiero las mantas.

Mi casa tiene un silencio de alegría perdida.

—Mamá, deberías quitar los peluches de mi cuarto. Ya empiezo a odiarlos.

—La cama sin muñecos parece muy vacía, Isabel.

Detesto mi cuarto de niña. El rosa de las paredes me parece lamentable. Pero ningún verano me molesto en cambiarlo. No encuentro utilidad en cambiar las cosas. He llegado a la conclusión de que con cada cambio me hundo más en un círculo. De noche veo ese círculo, conmigo en medio, muy pequeñita. Aunque es algo que no existe, me aterra, me llena de miedo.

—¿Has conocido algún chico? —me pregunta mi madre, mientras me retira el plato.

—Yo nunca conozco chicos.

—Laura, por dios, no seas tan seca —vuelve a reprocharme mi madre.

Me voy a la cama sin decirle más nada, sin contarle más. Quizá, algún día, cuando me vuelva a poner ese gesto de indulgencia que me toca las narices le contaré que aunque nunca conozco chicos a veces me acuesto con Rafa, el del bar. Ella no lo conoce, pero le escandalizará la historia. Rafa ni siquiera es un amigo y creo que en el fondo le desprecio. Perder la virginidad a los veintiocho y en la barra de un bar era una historia triste y espeluznante, pero ha sido el único que me sugirió alguna vez algo parecido al sexo y yo allané el camino porque quería quitarme este peso de encima y tener una historia, como la tiene todo el mundo. Luego se le antojó hacerlo más veces, de pie, en el almacén y un día me llevó a su casa. Pero fue la última. No quiso que me quedara a dormir con él y ya no volvió a decirme nada. A pesar de mi inexperiencia creo que no fue mal y él no notó nada. No me dolió apenas porque lo hacía todo metódicamente y con los ojos cerrados. Luego llegó el verano y dejamos de vernos. En septiembre me enteré de que tenía novia. Ahora me pone el café de las doce de la mañana casi sin mirarme. Sé que esta historia es muy triste, pero me ha ocurrido. Tampoco me arrepiento. Me gustaba hacerlo. Rafa no es desagradable y no me pedía explicaciones ni me las daba. Creo que dejaré de ir a ese bar, para no tener que buscarle más los ojos inútilmente.

Ahora estoy en la cama, desnuda consultando la agenda de tu móvil. Los nombres de la “A” no me dicen nada. Llego a la “C” y leo “casa”. Me decido a llamar a ese número. Debes vivir ahí. Estoy marcando el número de tu casa con el corazón saliéndose por la boca.

—Diga —contesta una voz de mujer.

—Hola, mire, me he encontrado el teléfono de su hijo en un autobús, era para devolvérselo. Hubo un silencio de pocos segundos. Pensé que aquello era ridículo.

Pero mi hijo tiene cuatro años y no lleva móvil. Mi marido perdió el suyo hace una semana, debe ser eso.

—Ah —contesté yo— pues lo tengo aquí.

Colgó inmediatamente. Debió asustarse.

Nada. Te he perdido.

Siempre te tuve perdido, a decir verdad.

Hoy también es domingo por la tarde, vuelvo en tren en esta ocasión, ya sabes que es más cómodo. No hay muchos pasajeros. Los asientos de mi lado sólo están ocupados por estas revistas que compré y que no voy leyendo. Lo del móvil fue una tontería, ni siquiera quisieron recuperarlo, eran andaluces y no les valía la pena desplazarse tantos kilómetros por un cacharro. Cuando me contestó aquella mujer, pensé que no podía ser tu madre; demasiado joven, pero estaba tan convencida de que ese móvil era tuyo…

Sé que no te volveré a ver. Hoy disfruto tu pérdida con indolencia y sigo recordando las líneas de tu cara. Quien sabe si volverás a coger el mismo autobús algún día en el que yo también pierda este tren. Me conformaría con volverme a hacer la dormida a tu lado, mientras tú respiras hondo y siento el aliento. Yo ahora vuelvo al trabajo. Mañana volveré a explicar de qué están hechos los cofres del museo, lo de las reliquias esas de mentira y la historia tan triste de la infanta incorrupta. A veces coqueteo con esa perversión de ser un cuerpo muerto que no acaba de secarse. Como cada domingo planeo un montón de cambios para esa semana, dietas que no haré, películas que no veré, gente a la que no llamaré ni me llamará. Pero sé que no se producirá ningún cambio, que todos los intentos que hago por conseguir lo que quiero me alejan más de todo lo que tiene que ver con la felicidad. Yo tampoco sé lo que es la felicidad pero hoy la entiendo muy parecida a dormir juntos en una tarde de abril mientras los campos de maíz se van oscureciendo.

Rocío Hernández Triano

XXV Certamen literario Joaquín Lobato (relato corto). Delegación de Cultura y Patrimonio del Excmo. Ayuntamiento de Vélez Málaga, 2012

Campo de maíz, por Linda Callaham

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